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La diversión en el Madrid del Siglo de Oro

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Auto de fe (en el que se castigaba a los reos de la Inquisición en un espectáculo público) celebrado en la Plaza Mayor de Madrid el día 30 de junio de 1680, durante el reinado de Carlos II de España (Oleo de Francisco Rizi expuesto en el Museo del Prado de Madrid).

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Si durante el reinado de Felipe IV, un turista viajaba a Madrid es muy probable que llegase en día de fiesta. Y es que en los años del reinado de Felipe IV los días laborables apenas alcanzaban los cien. Había artesanos y banqueros, grandes nobles y pícaros, inmigrantes recién llegados del interior de Castilla y extranjeros. Pero a la hora de pasarlo bien, todos se apuntaban a la diversión.

(NOTA.- Pulsa sobre una imagen para verla a mayor tamaño y con su pie de foto correspondiente.)

Diversión vs fervor religioso.-
Las iglesias madrileñas, como ésta de San Ginés de Arlés, organizaban conciertos y romerías a los que acudían multitud de personas.
San Ginés de Arlés

En el siglo XVII la diversión se mezclaba a menudo con el fervor religioso. Durante el Siglo de Oro, en la Villa de Madrid acontecían continuas celebraciones que impregnaban la vida de sus habitantes. El repertorio festivo reunía fiestas de distinta naturaleza, ya fueran cortesanas o del pueblo llano, que eran ocasión propicia para engalanar la ciudad y disfrutar de un momento de alegría y diversión. En estas fiestas la organización ‘oficial’ que disponían la Corte u otras autoridades civiles o religiosas convivía con las promovidas por los diferentes gremios o cofradías.

Una actividad muy común era la de ir a misa ya que tenía muchos alicientes: admirar la decoración de la iglesia, escuchar la música, conversar con amigos y conocidos, presumir luciendo vestidos y afeites, galantear con las damas casaderas ...

Esto era algo que los religiosos lamentaban: 'Mozos libertinos que venís a las iglesias sólo a ofender a Dios, y en sus barbas y en su casa estáis guiñando a la una, y pellizcando a la otra, y haciendo señas y otros peores ademanes, poniéndoos en las puertas de las iglesias'.

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Conciertos y romerías.-
Las romerías, que se organizaban para visitar las iglesias y ermitas de los alrededores de Madrid en los días de fiesta
Romería en los alrededores de Madrid.

Los días de fiesta se celebraba un banquete tras la misa, que a veces era seguido por un concierto en plena iglesia, que se denominaba siesta ya que tenían lugar en la 'hora sexta'. Se repartían dulces y refrescos, y cuando finalizaba la iglesia retumbaba con los aplausos de la gente. Los músicos interpretaban obras profanas, aunque de tono moral, pero no siempre se mantenía el decoro que exigían las autoridades eclesiásticas, que intentaron prohibir este tipo de diversión.

Las romerías, que se organizaban para visitar las iglesias y ermitas de los alrededores de Madrid en los días de fiesta, eran esperadas con impaciencia por todos los madrileños. Las había durante todo el año. Se salía por la mañana y se pasaba todo el día en el campo. El trayecto era ya un espectáculo porque la gente se vestía para la ocasión al modo de un carnaval.

Había meriendas, bailes, bebida y, también, ocasiones para flirtear. En las romerías había tantas aventuras galantes que hubo quien las llamó 'ramerías'.

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La fiesta de Corpus Christi en Madrid.-
Representación de La Divina Filotea, de Calderón de la Barca, frente a la Casa Consistorial, el día del Corpus Christi de 1918.
Representación teatral en la fiesta del Corpus

La festividad del Corpus Christi, celebrando la presencia real de Cristo en la Eucaristía, fue la más importante del calendario festivo de la Edad Moderna. Curiosamente, se consideraba una fiesta cívica local, pues era el Ayuntamiento quien comisionaba su organización, si bien al tomar parte activa en ella la monarquía, pasó a adquirir también un carácter regio.

En la parroquia de la Almudena y en la festividad del Corpus Christi: primero tenía lugar la Misa y, posteriormente, de allí partía la procesión que recorrería las calles principales de la ciudad.

La preferencia en el orden de la procesión o la colocación de los fieles en el interior de la iglesia eran algo sumamente complicado, que exigía un gran control sobre todos los detalles para evitar que cualquier descuido pudiese mal interpretarse y acarrear futuros conflictos.

Pero hasta la fiesta de Corpus Christi, la más solemne de la Iglesia católica, tenía una vertiente lúdica. Los pequeños se entretenían con los desfiles de gigantes, cabezudos y tarascas, y los mayores con los carros triunfales y las arquitecturas efímeras creadas para la ocasión, con la música o las representaciones teatrales. En las plazas de la ciudad se organizaban también espectáculos de acróbatas, torneos y justas, corridas de toros, tales como las celebradas en la Plaza Mayor.

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Corridas de toros en la Plaza Mayor.-
Las corridas se solían animar con desfiles de tropas y la actuación de acróbatas y músicos. Vista de la Plaza Mayor en fiesta de toros, autor anónimo (1675), Museo del Prado.
Toros en La Plaza Mayor

Los toros eran una de las mayores atracciones para el pueblo. Había corridas populares, 'de bajo vuelo', con diestros de extracción humilde, equivalentes a las actuales novilladas. Otras estaban organizadas por el municipio para fiestas señaladas, y reunían a lo más selecto de la Villa y Corte junto a un público numerosísimo; 50.000 personas se cree que podía llegar a albergar la plaza Mayor. Se celebraban tres o cuatro de estas corridas al año, y entonces la ciudad se paralizaba.

En 1623 se programó la primera corrida en la recién inaugurada plaza Mayor, con motivo de la visita del príncipe de Gales, que venía a concertar su boda con la hermana de Felipe IV. Pese a que la negociación resultó fallida, el evento fue grandioso. Aparte del torneo, se encendieron 320 luminarias. El conde de Villamediana se quejó del derroche:

"Señores, yo me consumo,  ¿hay tan grande maravilla?  ¡Que haya gastado la villa - tres mil ducados en humo!".

El público se apiñaba en los portales, siendo el de Pañeros el más apreciado, por ser 'de sombra'. Las localidades en ventanas y balcones de la plaza variaban su precio en función de la altura del piso: 12 ducados en el primero, 8 en el segundo, 6 en el tercero, etc. Los que tenían menos medios ocupaban los terrados.

"Suban al terrado, - que está fresco y regado", anunciaban muchachos por la plaza.

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Los inquilinos de estas casas debían desalojar las viviendas, ya que estaban sujetas a la 'servidumbre de espectáculo', que permitía a sus propietarios alquilar los balcones. Quiñones de Benavente dice:

"Gran pensión es esta
de vivir en la plaza un caballero,
pues paga todo el año su dinero,
y el día que ha de ver la fiesta en ella
le echan de casa y quedase sin vella
".

Las corridas las protagonizaban jóvenes caballeros, deseosos de lucirse, que practicaban el equivalente del actual rejoneo. El pueblo también intervenía activamente en ellas. Antes de que entrara el caballero había carreras, esquivas, quiebros, banderillas, saltos... Al final, cuando el toro era desjarretado, la gente saltaba a la plaza y acababa con el animal a estocadas o cuchilladas.

Un viajero francés testimoniaba:

"Allí es donde el pueblo bajo hace ver su inclinación sanguinaria, pues no se creerán dignos si no mojan sus dagas en la sangre de aquel animal... A veces se suelta contra el toro a los perros, y el mayor placer entonces consiste en pincharle y golpearle por delante y por detrás, a la vez que los perros le sujetan".

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Trapisondas en el teatro.-
En el siglo XVII se produce un gran desarrollo de la actividad teatral que va a  impregnar todos los aspectos de la sociedad. Los espectáculos teatrales llenan los corrales de comedias, entretienen a la nobleza en los palacios y escenarios cortesanos y son pieza angular de las festividades religiosas, como es el caso de los autos sacramentales en la celebración del Corpus Christi.
Representación teatral en una corrala

Otra fuente de diversión para los madrileños era el teatro. Cuando un estreno se acercaba, se fijaban carteles, anunciándolo, en las cercanías de la hoy desaparecida Puerta de Guadalajara. Las obras de teatro se solían representar en los corrales de comedias.

Famosos eran el de la Cruz y el del Príncipe, conocido también como de la Pacheca, al ser Pacheco el apellido de su dueña. Las obras comenzaban a las 2 de la tarde en invierno y a las 4 en verano, pero las puertas de los corrales abrían a las 12 y desde ese momento los asistentes ocupaban su puesto.

Entre los asistentes a las representaciones, los más temidos por escritores y actores eran 'los mosqueteros', llamados así porque silbaban tanto que recordaban al sonido de mosquetes. Ruiz de Alarcón nos lo hace notar:

"Representante afamado
he visto, por sólo errar
una sílaba quedar a silbos mosqueteado'.

Solían asistir tantos espectadores a las representaciones, que era necesario contar con la figura del apretador, que los ahuecaba para que cupiesen más. Incluso los frailes asistían de manera asidua. Un romance anónimo decía:

"En los frailes no hay remedio
de que dejen el teatro.
¿No ven que están sin clausura
y sin prior aquel rato?
Sólo uno se me ofrece,
y es que un toro agarrochado
los espere en la escalera
para impedirles el paso".

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